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domingo, 14 de noviembre de 2010

Los Cárdenas Guillén: narcomenudistas que llegaron a capos

Fuente: Milenio Semanal 
Con la muerte de Tony Tormenta los hermanos Cárdenas Guillén pierden el control del cártel del Golfo y arrecian las disputas intestinas.

Osiel y  Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén.

Osiel y Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén.
 
Los hermanos Mario, Antonio Ezequiel, Homero y el más joven de todos, Osiel, traicionaron y fueron traicionados. Los cuatro hijos varones de Enrique Cárdenas y Manuela Guillén nacieron en la década de los sesenta en El Caracol, una ranchería con solares yermos y arbustos grises donde el destino previsible de los hombres era trabajar alrededor del sorgo, y el de las mujeres procrear. O renunciar a esa vida e irse a la franja fronteriza con Estados Unidos.
Osiel Cárdenas Guillén nació la medianoche del 17 de mayo de 1967. Tres semanas después, cuando fueron con el oficial mayor Eduardo M. González, sus familiares dijeron al funcionario del Registro Civil que el pequeño había nacido la madrugada del 18 de mayo y así fue como quedó en su acta de nacimiento. Durante su infancia, al igual que sus hermanos, Osiel visitaba una maltrecha construcción a la cual llamaban “Escuela primaria”, allí aprendió a leer y a escribir. Al igual que sus hermanos, en cuanto pudo dejó el rancho.
EL TALLER MECÁNICO
A los 12 años, en enero de 1980, llegó a Matamoros. Su hermana Lilia vivía en la ciudad y le dio alojamiento. Osiel empezó a hacer mandados en casas y comercios del centro de la ciudad, hasta que un año después consiguió trabajo como mesero en el restaurante El Mexicano. Saliendo de ahí se iba a la secundaria nocturna, que algunos de sus compañeros pensaban se trataba del nombre de una cantina de la zona roja. Osiel no acabó sus estudios en esa escuela pública, ubicada en la intersección de las calles Cuarta y González del centro de Matamoros, la cual fue rebautizada después con el nombre de Colegio San Juan.
Cuando tenía alrededor de 17 años, el más grande de sus hermanos, Mario, lo ayudó a que pusiera un taller mecánico; pero también lo introdujo en un negocio entonces incipiente y lucrativo: la venta de grapas de cocaína. Mario había pasado de ser un pequeño vendedor de droga a tener un par de hombres trabajando para él. El taller de Osiel, montado en la calle 14, a unas manzanas de la sede de la presidencia municipal, se convirtió no sólo en su hogar, sino también en el centro de operaciones del narcomenudeo de los hermanos. Mario era gerente del micronegocio, Ezequiel compraba el producto, Homero sondeaba la exportación a Estados Unidos y el más chico comercializaba la mercancía en las calles de la ciudad. Cultivar sorgo en el rancho El Caracol había quedado atrás por completo. Por esas fechas Osiel conoció a una obrera de la maquila, Celia Salinas Aguilar, y se enamoró de ella. Luego se casaron.
El 16 de febrero de 1989, Osiel fue detenido, acusado de homicidio y daños en propiedad ajena. Al día siguiente fue dejado en libertad tras pactar con agentes de la Policía Judicial Federal, con quienes a partir de ese momento debió repartir los dividendos del “taller”. La siguiente detención ocurrió el siete de marzo de 1990 y, al igual que la primera, duró apenas unas horas: de tiempo en tiempo Osiel era llamado a rendir cuentas sobre el negocio que, gracias a los contactos de los hermanos Cárdenas Guillén con hombres del nivel de José de la Rosa —cercano al capo del momento, Juan García Ábrego—, iba en crecimiento. Para entonces, los hermanos ya habían decidido incursionar en la exportación de droga al país vecino. El 27 de agosto de 1992 Osiel pasó a Estados Unidos dos kilogramos de cocaína que le habían pedido unos compradores estadunidenses. A pocos metros de llegar al restaurante de Browsnville, Texas, donde se haría la transacción, fue detenido y enviado a la cárcel local. En ese momento Osiel contaba con 25 años de edad.

Elementos de la Agencia Federal de Investigación entregan a Osiel Cárdenas a sus homólogos estadunidenses para ser extraditado a ese país.
Elementos de la Agencia Federal de Investigación entregan a Osiel Cárdenas a sus homólogos estadunidenses para ser extraditado a ese país. Foto: DEA
FLAMANTE EMPRESARIO
Pero la firma del Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México tuvo repercusión también en las políticas carcelarias, y el dos de enero de 1994 Osiel y varios presos mexicanos fueron trasladados de cárceles estadunidenses a prisiones mexicanas. Osiel llegó a Santa Adelaida, donde el director, Rolando Gómez Garza, tenía arreglos con su hermano Mario. La cárcel se volvió el sitio ideal para renovar su carrera en el negocio de las drogas: allí estableció contactos con otros traficantes, e incluso dentro del reclusorio organizó un área donde se hacian adaptaciones a los automóviles para ocultar paquetes de droga y burlarar la vigilancia de la frontera.
El 13 de abril de 1995 Osiel salió de la prisión convertido en un hombre de negocios. Su fama aumentó en el noreste del país, regido en ese momento por una sola organización: el cártel del Golfo. Osiel medía un metro con 70 centímetros y usaba bigote.Cuando volvió a las calles de Matamoros, Juan García Ábrego se encontraba debilitado y bajo un asedio gubernamental que concluyó el 14 de enero de 1996, cuando fue detenido en una de sus fincas en Benito Juárez, Nuevo León. La lucha por la sucesión se desató entonces: Gilberto García Mena, operador del cártel en Miguel Alemán, y Baldomero Medina Garza, quien se encargaba de transportar la droga y era apodado El señor de los trailers, se la disputaron. Pero uno de los operadores de García Abrego, Salvador Gómez, fue quien asumió el control, para lo cual se alió con los hermanos Cárdenas Guillén.
Gracias a esta sociedad, en 1997 Osiel empezó a viajar con regularidad a la Ciudad de México para celebrar reuniones de negocios con proveedores de Colombia —como Gustavo Adolfo Logoño—, o miembros de la red de transportistas del sur de México.
LA BUENA VIDA
Por esos años Osiel se relacionó con Hilda Flores González, esposa del director del penal de Santa Adelaida, quien lo recibió como rey en 1994, cuando fue trasladado desde la cárcel de Brownsville. La disputa por la mujer acabó con la orden de matar a su antiguo aliado y amigo. Osiel también llevaba una relación con Liliana Dávila, cajera de un banco, que estuvo unos meses presa por fraude empresarial. El capo se hizo un implante de pelo y pidió que su guardarropa se llenara con prendas de la exclusiva tienda Hemisfere, de la plaza San Agustín, en San Pedro Garza García, Nuevo León.
A la sombra de Salvador Gómez aprendió los códigos del negocio. Consiguió también el respaldo de Juan Nepomuceno Guerra, tío de García Ábrego, quien fundó el cártel del Golfo y que, pese a su vejez, seguía teniendo influencia en la región. Fue en 1998 que su hermano Mario fue detenido y encarcelado en el penal de Santa Adelaida, y en Tamaulipas Osiel fue interceptado, junto con Salvador Gómez y Manuel Alquicires García, por el Ejército. Los tres fueron enviados a la Ciudad de México, donde permanecieron arraigados en una mansión incautada al Güero Palma; pero, luego de unas semanas, consiguieron corromper a los agentes que los custodiaban, y el 24 de agosto de 1998 salieron de allí caminando, de regreso a Tamaulipas.
Juan García Ábrego escoltado por agentes de la DEA tras su extradición a EU.

Juan García Ábrego escoltado por agentes de la DEA tras su extradición a EU. Foto: DEA
LA TRAICIÓN
Los hermanos Cárdenas Guillén decidieron quedarse con todo el negocio y deshacerse de su socio, Salvador Gómez, a quien Osiel criticó por descuidar su vigilancia personal y poner en riesgo el negocio. Osiel ordenó matar a Gómez poco tiempo después. A partir de entonces Osiel sería apodado El Mata amigos, y para su protección nacieron Los Zetas, encargados de cuidar la vida del nuevo capo del cártel del Golfo y de reforzar su ley. Como se dice: había que afilar el cuchillo por los dos lados.
Bajo la dirección de Osiel, los Cárdenas Guillén diseñaron una auténtica empresa. Nada quedaba ya del pequeño “taller mecánico”. Los hermanos repartían su cocaína a pequeños vendedores con créditos de hasta tres mil pesos; éstos, además, tenían un sueldo inicial de 200 dólares semanales que aumentaba conforme pasaban los meses. Sus escoltas personales recibían mil dólares por semana.
Para las primeras compras de cocaína colombiana Osiel organizó “pollas” entre otros operadores del narco, como Gilberto García Mena e, incluso, se dice que entre empresarios de la economía legal, quienes daban 100 mil dólares de financiamiento a los hermanos Cárdenas Guillén y al mes siguiente recibían el triple. Tras reunir el dinero lo llevaban a Coatzacoalcos, Veracruz, en aquellos años el punto de encuentro con los intermediarios colombianos. La mercancía llegaba por Quintana Roo y de allí iba a Michoacán, donde era revendida, o bien a Veracruz, donde la recibían emisarios de Osiel para transportarla en avionetas, en embarcaciones que recorrían el Golfo o en pipas de gas camufladas. Ya en la frontera, algunos de los cargamentos eran guardados en la cárcel de Santa Adelaida por Mario. Luego Ezequiel los hacía cruzar a Estados Unidos, donde eran recibidos por Homero, encargado de su transportación en ese país. Así, los hermanos Cárdenas Guillén se fueron convirtiéndose unas criaturas míticas del mundo narco.
LA VIDA NÓMADA
El seis de noviembre de 1999 Los Zetas detectaron a dos estadunienses agentes de la DEA y a un informante mexicano, quienes merodeaban cerca de unas bodegas de armamento del cártel. Los tres fueron capturados y, a punto de ser asesinados, uno de ellos le advirtió a Osiel que si los mataba provocaría una gran persecución en su contra, tal y como le sucedió al capo sinaloense Rafael Caro Quintero tras el asesinato del agente Enrique Camarena Salazar en los años ochenta. Osiel les perdonó la vida, pero les advirtió que si volvía a verlos en Matamoros los mataría.
Para ese entonces Osiel pasaba poco tiempo en Tamaulipas. Solía estar en el DF, en una mansión ubicada en el número nueve de la calle Tejocotes, en la colonia Bosques de Las Lomas, o bien en Las Amarillas, un rancho de China, Nuevo León, donde había instructores kaibiles preparando a nuevos Zetas. También pasaba temporadas en La Tremendina, un rancho de Tomatlán, Jalisco. Su esposa Celia y sus tres hijos residían por entonces en San Pedro Garza García, Nuevo León.
Había otras casas suyas en Nuevo León, sobre todo en la colonia Contry, del municipio de Guadalupe. Solía presentarse como un importante proveedor de Pemex, y como prueba de su bonanza llevaba los dedos anillados. Asumía la identidad de Ricardo Garza, con la cual conoció y cortejó a Andrea Posadas, una estudiante colombiana del Tec de Monterrey, quien en 2000 fue retenida por la policía cuando estaba por dejar el país.
Cartel de la PGR donde se identifica a varios integrantes de <i>Los Zetas</i>.

Cartel de la PGR donde se identifica a varios integrantes de Los Zetas.
LA CAÍDA
En 2001 Gilberto García Mena fue detenido en Guardados de Abajo, Tamaulipas. El ChapoTony Tormenta. Guzmán, recién fugado del penal de Puente Grande, había acordado con el cártel de Juárez declarar la guerra a los hermanos Cárdenas Guillén para quedarse con la zona noreste. Las escaramuzas llevaron a que algunos operadores cercanos a Osiel decidieran traicionarlo, y el 14 de marzo de 2003 fue apresado. Entonces su hermano Mario fue reubicado de la cárcel de Matamoros y Homero estuvo convaleciente de una enfermedad. El único que quedó libre y en funciones fue Antonio Ezequiel, apodado
Desde Almoloya Osiel pudo seguir controlando al cártel del Golfo gracias la enorme fortuna que aún poseía y a la lealtad de Los Zetas. Se alió con los Arellano Félix, y emprendió con ellos una campaña para obtener mayores libertades bajo la fachada de una denuncia por las pésimas condiciones carcelarias del centro penitenciario de máxima seguridad. La estrategia de Osiel abarcó desplegados en diarios nacionales, protestas en la Cámara de Diputados, el envío de juguetes a niños del norte del país y el financiamiento de organizaciones defensoras de derechos humanos.
En una de sus cartas Osiel puntualizó sus órdenes:
1) construir una guardería tipo Jungle Gym afuera de Almoloya; 2) médico para todos los internos de la misma empresa según sus necesidades (...); 3) buscar a un ex militar abogado y contratarlo en el buffet como licenciado (...); 4) conseguir todos los libros, manuales, leyes, derechos humanos, servicios militares y sacarles copias como prueba (...) sirve para atraer con sus mismas leyes. La mayoría de todos fuimos detenidos por militares; 5) solicitar los folletos de derechos humanos internacional; 6) solicitar los trípticos de derechos humanos en México; 7) reglamento nuevo del Cereso, diario oficial de la federación 15 de enero de 2004.
El liderazgo de Osiel acabó cuando recién llegado a la Presidencia de la República, Felipe Calderón concedió su extradición a Estados Unidos el 19 de enero de 2007. Osiel consiguió una sentencia de 20 años a cambio de delatar a sus viejos aliados y guardaespaldas. Entonces Ezequiel asumió el control del cártel, del que mantuvo el mando hasta su muerte, el pasado viernes cinco de noviembre, cuando cayó emboscado en Matamoros.
Tras perder el respaldo de Los Zetas, quienes conformaron su propio cártel haciéndoles la guerra a los hermanos Cárdenas Guillén, el futuro del cártel del Golfo se ha visto incierto. Pero no tanto como la extrema violencia que ha asolado a la región desde que los capos decidieron hacer su propia revolución a partir de un pequeño taller mecánico en Matamoros, Tamaulipas.
Diego Enrique Osorno

domingo, 24 de octubre de 2010

Los nuevos sicarios: vive rápido y muere joven...

Lejos quedó el pandillerismo de poca monta que se enfrentaba a pedradas; hoy, los jóvenes pobres y sin expectativas son integrados al crimen organizado para, además de vender droga, asesinar, secuestrar y extorsionar.

2010-10-24 | Milenio semanal


Sus facciones aún son de niños, pero ya forman parte de la estructura del crimen organizado en la zona metropolitana de Monterrey. Se trata de los nuevos sicarios, aquellos que pasan a engrosar las filas de la delincuencia organizada a pesar de ser menores de edad. Participan en delitos relacionados con vigilancia, venta al menudeo y homicidio de paga. Mueren a causa de la guerra que sostienen con los grupos contrarios y en los enfrentamientos con las fuerzas castrenses. Son los desechables, muchachos sustituidos de manera inmediata al ser abatidos por otros cada vez más jóvenes.
La cárcel o la muerte suelen ser los destinos finales de su itinerario vital. Adquieren notoriedad social desde la invisibilidad que los ha condenado a vivir al margen del progreso de la industriosa capital regiomontana, que encierra a las nuevas generaciones de los barrios populares en un callejón sin salida.
A RITMO DE CUMBIA
La vida de quienes engrosarán las filas de los grupos criminales se caracteriza por un ambiente familiar con problemas y por una miseria que los obliga a la inmediatez, donde el futuro es incierto y predomina una socialización que llama a sacar el mayor provecho con el menor esfuerzo.
Una cumbia colombiana suena a todo volumen en el corazón del sector San Bernabé, zona ubicada al norte de Monterrey, tal vez el punto donde el crimen organizado mantiene su mayor hegemonía. La melodía de Andrés Landero, “Con el pie pelao”, domina el ambiente del barrio que hasta mediados de los años ochenta era uno de los rellenos sanitarios de la capital regiomontana: “Yo vengo con mi sombrero/ y mi pañuelo amarrado./ La negra que me acompaña viene con el pie pelao,/ la negra que me acompaña sí está buena de verdad”.
Una camioneta negra de modelo reciente, con doble cabina, circula a alta velocidad rechinando llanta. Los habitantes de la colonia Fomerrey 105 se resguardan rápidamente en sus casas y sólo se limitan a decir: “Ahora a quién van a matar o a llevarse; los padres tienen la culpa por no ponerles freno”. Tan pronto como llegan se van. Al igual que otros pandilleros de las grandes ciudades de México, estos jóvenes hoy son el brazo fuerte, el semillero del que se nutren los grupos criminales.
La estrategia social del crimen organizado quedó descubierta en La Sultana del Norte durante el primer semestre de 2009, cuando, tras la llegada de los militares en apoyo a la lucha contra el crimen organizado, salieron a las calles grupos de jóvenes de colonias pobres exhibiendo mantas de rechazo a esa acción. La presencia de los “tapacalles”, con su rostro cubierto, fue la primera imagen de un hecho gestado desde hace varios años: el binomio pandillas y crimen organizado, una relación que desde 2007 llevó a la constitución de los grupos juveniles urbanos como empresas delictivas y no como simples instancias pendencieras.La imagen de los chavos pelones en las calles del centro de la ciudad antes causaba desprecio, pero hoy infunde miedo.
Grafiti con motivos religiosos y de vallenato en Santa Catarina.

Grafiti con motivos religiosos y de vallenato en Santa Catarina.
NO-LUGARES
En 2006, 55 personas fueron asesinadas por el crimen organizado, y en 2007 la cifra fue de 107. Para 2008 fueron 65 muertes, y en 2009 el número se redujo a 56. En lo que va de 2010 van 519 homicidios, en su mayoría de muchachos cuyas edades van de 14 a 29 años. De éstos, 412 pertenecían al crimen organizado, siete eran militares, seis policías y agentes de tránsito y 30 civiles inocentes. La cantera casi inagotable de muchachos pobres ha permitido la estrategia del terrorismo urbano adoptada por los grupos criminales mediante granadazos, bloqueos de avenidas y balaceras mortales en lugares concurridos y en horas pico, lo que ha cambiado la vida cotidiana de los regiomontanos.
El mapa del miedo ha aumentado a ritmo acelerado, al grado de convertir sitios antes populares en “no-lugares”. En el caso de la granada lanzada en Guadalupe por un joven de entre 20 y 25 años, hubo testigos que mencionaron que uno de los participantes en el acto criminal reía al momento de huir. A cuatro días de ese ataque, en pleno centro de la ciudad la muerte hizo blanco en la joven Lucila Quintanilla Ocañas; el homicida, descrito como un joven calvo y tatuado de no más de 20 años, tenía como objetivo a un celador del penal de Topo Chico, pero en un acto de descuido o de inexperiencia sus balazos hirieron a varias personas y mataron a la estudiante.
Lejanas están aquellas imágenes de las pandillas riñendo a pedradas. Ahora el crimen organizado las ha armado y aglomerado alrededor de sus áreas de acción, y el negocio de la venta de drogas ha provocado un cambio en su comportamiento delictivo: de vándalos han pasado a ser secuestradores y extorsionadores, y son parte activa de la violencia entre grupos delictivos antagónicos. En la zona sur se tiene detectada la presencia de al menos mil 900 pandilleros, y en la parte norte hay más de 400 bandas juveniles. “Indiscutiblemente es una situación de alto impacto en nuestra sociedad, ya que estamos hablando de casi 30 mil jóvenes que están integrados en algún tipo de pandilla. Esta situación conlleva que las familias de las zonas más desfavorecidas tengan que tolerar las actitudes de estos jóvenes”, asegura Patricia Cerda, investigadora de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). “Nosotros hemos hecho estudios en las escuelas secundarias y primarias. Hemos realizado diagnósticos sobre violencia, y hemos escuchado que los maestros saben que hay alumnos armados en las secundarias. La propia Secretaría de Educación lo ha manifestado”, agrega.
Dentro de la compleja red que ha entretejido el crimen organizado, destaca la existencia de mafias de primera e incluso de segunda generación que, además de estar relacionadas en el tráfico de drogas, tienen que ver con secuestros, infiltración de policías y extorsiones a empresarios. “Hay una mutación de lo que era un negocio sustancialmente monoproducto (el narcotráfico) a un fenómeno de estructuración territorial para el control de cualquier tipo de actividad económica delictiva”, asegura Manuel Treviño Wong, criminólogo de la UANL. “El papel de las pandillas es aterrorizar, ejercer el control territorial y ocuparse del trabajo de baja mano de obra, como el de sicarios para ajustes de cuentas”, explica.
La venta al menudeo de cocaína es el negocio base de las pandillas.

La venta al menudeo de cocaína es el negocio base de las pandillas. 
 
La vinculación de las organizaciones criminales y las pandillas se puede entender desde la óptica del control territorial: los grupos de barrio y de esquina, con sus redes de solidaridad extensa, sus rituales y compleja movilidad, han sido el mecanismo ideal para expandir de manera silenciosa la telaraña del narco en la capital de Nuevo León.
Los menores, por lo general, empiezan su carrera como vigías (“halcones”); después pasan a ser ladrones de casas. Posteriormente roban a quienes transitan por las calles donde se ubica su territorio, y después se gradúan en el robo de autos hasta que son reclutados por la delincuencia organizada (“estacas”).
Estos adolescentes son muy apreciados por las organizaciones criminales, ya que por su corta edad no suelen ser arrestados, lo que los hace ideales para “halcones” o “estacas”. Les pagan poco, pero al provenir de familias desintegradas, ser pobres y desertores de la escuela, ese pago mínimo les basta para sentirse exitosos y ostentar un fuerte sentido de pertenencia.
Los nuevos sicarios hacen de su muerte una de las pistas más expresivas de su forma de vida. Monterrey se está convirtiendo en una ciudad donde los muertos no gozan de duelo, especialmente entre los llamados desechables, de nula significación social, quienes, para los suyos, representan figuras de héroes caídos en la guerra contra la pobreza.
“LLEVAS LA DE PERDER”
Dos integrantes de pandillas —quienes pidieron el anonimato— reconocen que las bandas actuales son más peligrosas y violentas, y advierten que ahora es más difícil salir de ellas, pues su deserción puede generar conflictos con los líderes que las controlan. “Uno entra a esta transa porque le gusta el dinero, no es otra cosa más que eso; pero como eres drogadicto, te vale todo lo que te dicen y vas y vas probando más droga hasta que ya estás bien adentro del vicio”, menciona uno de los entrevistados. “Luego viene la gente a ofrecerte más droga para que vendas y para que consumas, y te conviertes en un esclavo; ahí llevas la de perder, porque no sabes hasta dónde vas a vivir, es la verdad. Es como estar muerto en vida, y todo por el poder y unos cuantos pesos. La fama no te dura nada”, advierten.
Estos jóvenes, cuya narrativa de vida se caracteriza por la negligencia social y por familias incapaces, derivan fácilmente en conductas antisociales. “Hay amigos que me dicen que tienen dinero gracias a lo que hacen, y que prefieren que los maten antes que ir a la cárcel. Por eso viven muy de prisa, porque de todos modos van a morir; pero piensan que es mejor hacerlo jóvenes y con dinero, que acabar viejos y jodidos”.
La realidad es que los pandilleros obtienen no sólo bienes y dinero, sino que en sus barrios de origen experimentan una sensación de grandeza, de respeto social, un poder basado en el miedo que infunden a los demás en medio de la impunidad: dejan de ser los chavos marginados del barrio. Esto asegura su lealtad y, para los grupos criminales, valen su peso en oro cuando pasan a ser un eslabón efectivo, presto y desechable en la cadena de elementos que conforman los ejércitos del crimen organizado.
Menor de edad integrante de una banda de sicarios en la zona de Guadalupe, en Monterrey.

Menor de edad integrante de una banda de sicarios en la zona de Guadalupe, en Monterrey.
EJÉRCITO CRIMINAL DE RESERVA
De acuerdo con un informe de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), más de cinco mil pandillas y bandas delictivas trabajan de manera conjunta o han sido contratadas por Los Zetas, La Familia Michoacana, los cárteles de Sinaloa, Juárez, Tijuana y el grupo de los Beltrán Leyva. En el informe se calcula que alrededor de mil 500 pandillas de jóvenes entre los 14 y 25 años de edad se han asociado con las organizaciones criminales que han reclutado bandas como Los Aztecas, Pura Raza Mexicana y Los Linces.
Como parte de la integración de las averiguaciones previas sobre las ejecuciones en Ciudad Juárez, Chihuahua, se encontró que ahora las pandillas se han vuelto más violentas, y se calcula que en nuestro país 80 por ciento de éstas están integradas por jóvenes mexicanos y latinos, mientras que 20 por ciento son una mezcla de mexicanos con estadunidenses, principalmente en Texas y Arizona. Los datos fueron proporcionados por un testigo protegido, quien dijo que la pandilla de Los Aztecas es utilizada en Ciudad Juárez para limpiar el camino a un grupo de ex militares adiestrados para realizar ejecuciones sin ser detectados, conocido como Los Linces.
La Procuraduría General de la República (PGR) ubica a pandillas como Artistas Asesinos, Los Mexicles, Los Texas y Los Lobos como las que han conformado el comando Gente Nueva, grupo de sicarios que sirve al cártel de Sinaloa. El de los Beltrán Leyva también agrupa a pandillas como Los Pelones, Los Números y Los Negros. En el caso de estos últimos, la PGR presume que estaban dirigidos por Édgar Valdés Villarreal, La Barbie, ya detenido por las autoridades.
La Familia Michoacana, en cambio, presuntamente ha reclutado a jóvenes evangélicos que conforman su guardia, sin etiquetarlos con algún nombre. En el caso del cártel de Tijuana, se asegura que su grupo de sicarios estuvo conformado, en un principio, por Los Narcojuniors, jóvenes adinerados que se aliaron al grupo de los hermanos Arellano Félix.
Las informaciones de la SIEDO señalan que alrededor de 20 mil jóvenes están integrados en estas pandillas al servicio de la delincuencia organizada.

Arrecia la violencia

La violencia continuó en Monterrey la noche del lunes 18 de octubre, cuando fueron victimados dos guardias de penales del estado: Ricardo Palomino, del penal de Topo Chico, y Jesús Gallardo, de la cárcel de Cadereyta. En San Nicolás, fue lanzada una granada de fragmentación en el estacionamiento de una gasolinera. En el penal de Apodaca fue asesinado un interno. El martes 19 por la noche fue arrojada una granada contra el cuartel poniente de la Policía Municipal, la cual no estalló. Casi a la misma hora, dos elementos de ese cuerpo de seguridad resultaron heridos al ser baleados desde otro vehículo. Al día siguiente fueron atacados policías de San Nicolás, uno de los cuales resultó lesionado. Por la noche, la plaza principal de Guadalupe volvió a resentir un ataque de sicarios, en el que murieron dos personas, un policía y un civil, además de resultar herida una policía. Los elementos formaban parte de un operativo para reforzar la seguridad tras el estallido de una granada en esa plaza el dos de octubre pasado.

domingo, 17 de octubre de 2010

Monterrey: temporada de granadas

Fuente: Milenio Semanal

En 24 horas, del primero al dos de octubre, explotaron cuatro granadas en Monterrey, hiriendo a niños y civiles inocentes. No fue una agresión entre sicarios, sino narcoterrorismo contra instalaciones oficiales.

  • 2010-10-10 | Milenio semanal

Al menos 12 personas resultaron heridas al estallar una granada en Guadalupe, Nuevo León.
Al menos 12 personas resultaron heridas al estallar una granada en Guadalupe, Nuevo León. Foto: Juan Carlos Pérez/ Notimex
MONTERREY.- Para llegar desde Santa Catarina hasta Ciudad Guadalupe hay que irse por la orillita del río. En tiempo normal el recorrido no lleva más de media hora. Las tormentas recientes hacen que el trayecto, en auto o en camión, dure por lo menos dos horas.
La ciudad aún se aletarga por los estragos del huracán Alex. Nunca había llovido tanto en esta ciudad, fundada por judíos sefarditas el 20 de septiembre de 1596. Pero no es de las calles con cráteres, ni de los deslaves que ponen en peligro tanto a jodidos como a ricos, ni de las rutas que la Comisión Estatal de Transporte ha improvisado para que la gente llegue a su destino de lo que aquí se habla, sino de las cuatro granadas que explotaron en menos de 24 horas. Otro récord. Había indicios de que las cabezas de los principales cárteles del país operaban desde hace años en esta región norteña, pero fue hasta hace poco cuando se soltó el diablo.
Es domingo. La plaza principal del municipio de Guadalupe, a un costado del imponente Cerro de la Silla, parece el escenario de un velorio. Un par de mujeres conversa quedito sobre el percance de anoche y una familia le compra dulces a una anciana que, desde su silla de ruedas, dice haberse enterado por las noticias. Pensó que con el escándalo la plaza estaría llena y los dulces de guayaba, cacahuate y cajeta volarían como pan caliente, “pero los tiempos han cambiado”, comenta, resignada. “La gente prefiere quedarse en su casa y no exponerse. Para qué sale, ¿no cree usted?”. Como dice un amigo periodista, en los velorios de perdido la gente bromea un poco al compás de la noche y de los tragos.
En un extremo de la plaza hay una escuela primaria y a un costado está el Teatro Municipal. En medio hay un quiosco y al otro extremo la iglesia y el edificio de la alcaldía, hermanados por la historia y ahora por un percance. En la parte alta de la presidencia municipal cuelgan aún las letras luminosas de tres colores estrenadas en la fiesta del Grito de Independencia: “Viva México 2010”. Atrás de la alcaldía hay otra escuela. Alrededor de la plaza hay pequeños restaurantes, estéticas, expendios de tacos y aguas frescas y la oficina de recaudación de impuestos del municipio.
Los dos únicos boleros prefieren no hablar del tema. Se limitan a mostrar los periódicos y sanseacabó. Los policías municipales que resguardan el área acordonada con un listón naranja hablan aún menos. Otros rumoran que cuatro patrullas de la Policía de Guadalupe le despejaron el camino a las dos camionetas del comando que arrojó la granada que hirió a 14 civiles, entre ellos a seis niños, pero el vendedor de elotes hace mutis y el paletero mejor ni se detiene cuando sabe que no van a comprar sino a preguntar. Los agentes de Tránsito tampoco son de fiar: el miércoles 29 de septiembre el director de Tránsito de Cerralvo fue detenido por miembros del Ejército por pertenecer a una banda que tenía secuestrada a cuatro personas. José Gerardo Garza Mendoza, El Gory, fue consignado por la PGR acusado de secuestro, robo de vehículos, portación de armas de uso exclusivo del Ejército y delincuencia organizada.
Es mediodía. Parte de la plaza, la que da a la Presidencia Municipal y a la iglesia, se encuentra restringida. En las calles cercanas hay tipos corpulentos con lentes oscuros que pueden ser halcones, policías o las dos cosas. Es mejor no comprobarlo. Tienen cara de pocos amigos. Un fotógrafo hace algunas tomas y uno de los policías le pide que mejor se vaya, que la plaza está caliente. Es obvio que no se refieren sólo a la temperatura ambiente, que parece quemar la piel.

El Ejército y la Policía Federal frente al Palacio Municipal de Guadalupe.
El Ejército y la Policía Federal frente al Palacio Municipal de Guadalupe. Foto: Reuters
LOS ROSTROS DEL MIEDO
A las 22:00 horas del sábado las familias de Guadalupe tomaban el fresco o conversaban en las bancas de la plaza. Había unas 60 personas. Quince minutos después un estruendo desquebrajó la tranquilidad. Algunos se tiraron al suelo, otros se protegieron en el kiosco, en los matorrales de la plaza o salieron corriendo. Entre los que se alejaban iba un joven alto de aproximadamente 23 años. Antes brincó el kiosco por uno de los andenes y arrojó un artefacto. Iba ya por la calle Hidalgo, donde subió a una de dos camionetas estacionadas allí en doble fila, cuando se oyó la detonación. Al arrancar dieron vuelta al sur, por Arteaga y, al llegar a Chapultepec, un supuesto retén de policías municipales bloqueó la calle. Los delincuentes huyeron sin contratiempos hacia Eloy Cavazos, donde se perdieron en la boca de lobo que es toda noche de sábado.
Pronto la plaza se empezó a poblar de nuevo. Esta vez de militares, policías federales y estatales, elementos de la Cruz Roja, personal antibombas y Protección Civil. Para el procurador de Justicia, Alejandro Garza y Garza, “el índice de inseguridad en el estado ha disminuido por los golpes que la autoridad ha dado a la delincuencia”. Cuatro explosiones en menos de 24 horas parecen decir lo contrario. Rodrigo Medina, gobernador de Nuevo León, dio la cara horas después al hacer un llamado para reafirmar los valores de la sociedad durante la inauguración del Segundo Encuentro Mundial Valores y Cultura de la Legalidad.

Policías buscan evidencias en el lugar donde estalló el artefacto.
Policías buscan evidencias en el lugar donde estalló el artefacto. Foto: Reuters
LA CENA AMARGA
Guillermo Berrones cenaba con su mujer y su hija en un restaurante de antojitos mexicanos frente a la plaza. “Había ambiente festivo, de fin de semana, y antes de entrar al lugar le acababa de comentar a mi hija que me gustaba el centro de Guadalupe para vivir. Eran las 10:25 cuando escuchamos un estruendo terrible en la plaza (…) el dueño del restaurante intentaba tranquilizar a sus clientes, con el rostro pálido y desencajado se asomó a la puerta y regresó como autómata. Nos pusimos de pie sin movernos, nadie se tiró al suelo como dicen que se debe hacer en estos casos, pero tampoco nadie esperamos vivir una experiencia así”.
“¡Una bomba!, dijo mi mujer, y a mi hija se le enrojecieron los ojos pidiéndome que nos refugiáramos en el fondo del restaurante. Temblaba de pánico. Traté de tranquilizarla, diciéndole que allí estábamos seguros pero en realidad lo dudaba. Tomé el celular y llamé a mi hija mayor, que vive por el centro de Guadalupe, para cerciorarme que estuviese en casa con su esposo y no en la plaza a donde acostumbran pasear a su hijo de cinco años. Me asomé a la puerta esperando, deseando que hubiese sido un neumático o un accidente por otros motivos, pero el estruendo había sido mayor que un ‘moflazo’. Entre la iglesia de Guadalupe y el palacio municipal una bocanada de humo se disipaba pesadamente. Un gordo policía huía alejándose del lugar, buscando refugio. Gritaban hombres y mujeres pidiendo auxilio; curiosamente no escuché el llanto de los niños que unos minutos más tarde vi heridos. Una niña sangraba de la cabeza; una mujer embarazada renqueaba y un hombre joven, calvo, pedía que atendieran a los niños. Cerca de la iglesia se veían otras personas heridas. Dos patrullas llegaron y también una granadera, y ahí subieron a tres de los niños lesionados. Nadie sabía qué hacer. Después vinieron las ambulancias y más patrullas. Acordonaron el área y, como siempre sucede, los bomberos y el Ejército aparecieron después de 20 minutos”.
Bien dicen que el dos de octubre no se olvida.
Margarito Cuéllar

sábado, 11 de septiembre de 2010

Mercancía desechable

Fuente: Milenio Semanal

El secuestro a manos de Los Zetas, o de hombres armados que dicen pertenecer a esta organización, es la principal amenaza para los migrantes. Al menos 10 mil secuestros se realizaron en los primeros seis meses del año.  

2010-09-05 | Milenio semanal

El migrante hondureño Alex Hernández, uno de los muchos que permanecen en el refugio San Diego, en la zona de Lechería.
El migrante hondureño Alex Hernández, uno de los muchos que permanecen en el refugio San Diego, en la zona de Lechería. Foto: Luis Acosta/ AFP
Los cientos de miles de inmigrantes indocumentados —nadie sabe exactamente cuántos son— que cruzan por territorio mexicano rumbo a la promesa de la supervivencia y el dólar son reducidos a mercancía desechable. Los pueden robar, secuestrar o asesinar y cualquier crimen del que sean víctimas tiene altas posibilidades de permanecer impune.
En la ruta del tren, los inmigrantes hondureños, guatemaltecos o salvadoreños son lo mismo víctimas de asaltantes y pandilleros que de los temibles Zetas. Con espeluznante frecuencia sufren también la extorsión y la tortura de manos de quienes debieran protegerlos: las policías o el Ejército: “Yo no conocía esa ruta, me llevaron unos amigos. Cuando esperábamos el tren nos agarraron unos policías y nos robaron todo el dinero. Nos pusieron contra la pared y nos registraron, buscaban en los bolsillos, bajo las gorras, por todas partes. Nos sacaron 300 pesos. Uno de nosotros les gritó que eran unos ladrones, unos perros, entonces se enojaron y uno de ellos nos amenazó con su pistola, nos dijo que si quería podía matarnos, que matar a uno de nosotros era como matar una rata. Con nosotros venía un chavito, como dicen ustedes, que no traía dinero y como no pudo darles nada, le dieron una golpiza. Lo dejaron arrojando sangre”.
Las extorsiones denunciadas por los migrantes en la ruta hacia el norte hablan de puntos estratégicos donde los policías aguardan a sus presas. “En Ciudad del Triunfo, antes de Tenosique, los policías saben que nos subimos al tren donde hay una curva. Ahí te esperan, ahí está la patrulla, si quieres subirte tienes que pagarles. Te esperan de noche, siempre en la curva”.
Las historias de su viaje por territorio mexicano están marcadas por la vulnerabilidad: “El pollero que me engañó se llama Carlos. Lo topé en Ciudad Hidalgo, crucé por el río, yo venía de Tecun Umán. Me pidió 600 dólares y después de varios días de viaje me dejó botado en Saltillo. Ahí ves a la gente, a mucha gente a la que dejan botada en la central camionera. Todos están desesperados, nunca llega el guía que te dijeron te va a llevar al norte”.
A eso le siguen días de caminata por kilómetros de inhóspita selva o por brechas perdidas. La desesperación los empuja, la miseria, el sálvese quien pueda, el hambre dejada atrás en algún poblado centroamericano. “Crucé el estado de Chiapas caminando, llegamos a Arriaga de noche. Escondidos en lo oscuro estaban unos soldados. Nosotros éramos cuatro. Nos detuvieron, nos revisaron, querían dinero, como no llevábamos nada, nos dijeron que éramos unos perros, que nos iban a entregar a Migración. Nos dijeron que a México sólo veníamos a chingar. Al final nos dejaron ir, dijeron que no nos iban a entregar porque no se les daba la gana, porque ya estaban cansados. Los soldados siempre te quitan el dinero, es lo que buscan, es lo que quieren. Si ya no tienes dinero, te quitan lo que pueden, los cinturones, las chamarras, hasta las gorras”.
Migrantes hondureños en camino a Estados Unidos en la zona de Tultitlán, Estado de México
Migrantes hondureños en camino a Estados Unidos en la zona de Tultitlán, Estado de México Foto: Eliana Aponte/ Reuters
Los maquinistas y garroteros quieren también su parte del botín: “En Tierra Blanca todos los garroteros son ladrones. ‘Si ustedes no traen dinero se bajan del tren, vamos a llamar a los de Migración’, nos dicen. Nos amenazan diciendo que a quien no trae dinero lo van a tirar del tren. Los maquinistas se paran en lugares remotos y piden dinero, los 80, los 100 pesos. Dicen, ‘saquen todos la lana, porque llamo a la migra’. Si no traes dinero te roban lo que pueden, ropa, zapatos, tenis usados”.
TERROR EN LECHERÍA
En Orizaba, Veracruz, y en Lechería, Estado de México, se recrudece la extorsión por parte de garroteros y maquinistas: “Un garrotero nos dijo ‘dénme para los refrescos o los denuncio’. Luego llegaron otros, nos arrinconaron, entre cuatro juntamos 100 pesos. Nos dejaron ahí en el parqueo, luego llegaron otros y como ya no teníamos dinero nos golpearon”.
En Irolo, Pachuca, “El Gato comercia con carros, tiene muchos y los usa para llevar a los pollos, como nos dicen. Una mujer te contacta en Irolo, vive en la última casucha de ese lugar. La gente llega desesperada, ella te dice que te arregla el viaje, cobra 600 dólares. Todos los días suben de 20 a 30 personas; a mí me llevaron con otras personas metido en la cajuela del carro, fue un viaje muy largo. Era de noche cuando nos paramos en la carretera. Alcancé a mirar las luces de la sirena de una patrulla. Estaban arreglados, El Gato se despidió de ellos, le dijeron ‘que te vaya bien, nos vemos’. A mí me dijeron que esperara en Saltillo a un guía que nunca llegó. Yo ya voy de regreso, voy patas atrás, rumbo a mi tierra”.
Ser un inmigrante indocumentado viajando por México es ser nadie. “Iba caminando por Monterrey, buscaba la estación del tren. Me di cuenta que me seguía un carro, no era una patrulla, era un carro particular en el que venían un hombre y una mujer. Me siguieron por un rato, cuando pudieron me cerraron el camino en una esquina. Abrieron la puerta del carro y el hombre me dijo, ‘no vayas a correr, súbete, estamos armados’. Quise huir, corrí pero me siguieron, me metí a un estacionamiento, creo que era un taller o algo. El hombre se bajó y me alcanzó, me amenazó con su arma, me golpeó en la cara. Me registró. La mujer estaba ahí parada junto a él. Me preguntó que cómo había llegado hasta Monterrey, que quién me iba a pasar y por dónde. Cómo no supe decirles pensaron que les ocultaba algo, entonces el hombre me puso la pistola en la cabeza y cortó cartucho. Me preguntó de donde venía, le dije que de El Salvador. ‘Si no me dices lo que quiero te vas a chingar’, me dijo. Me volvieron a golpear, luego me dijeron que les diera todo el dinero que traía, les dije que no me quedaba nada, que llevaba dos días sin comer. Me siguieron golpeando. Me revisaron y como vieron que de verdad no traía nada, me dijeron que me fuera. El hombre me dijo ‘no le digas a nadie que te agarramos, nunca nos conocimos, yo nunca te vi’”.
Cada vez con mayor frecuencia se encuentra a mujeres viajando solas y, como los niños, ellas son quienes sufren los peores abusos. “En el tren donde venía vi a cuatro muchachas ya para llegar a Escobedo. Una de ellas venía muy triste, con ganas de llorar. Las demás estaban muy calladas. Me puse a platicar con ellas, les pregunté que les pasaba. Me dijeron que unos policías las habían agarrado y bajado del tren. Las llevaron a una casa, ahí las violaron. Las tuvieron varios días y luego las dejaron ir. Ellas pensaron que las iban a matar. Les pregunté si iban a seguir rumbo al norte y la que se veía más triste me dijo que sí, que en este camino se arriesga todo y se pierde todo”.
Policías vigilan la estación del tren de Tierra Blanca, Veracruz, para prevenir el ingreso de migrantes centroamericanos.
Policías vigilan la estación del tren de Tierra Blanca, Veracruz, para prevenir el ingreso de migrantes centroamericanos. Foto: José Cabezas/ AFP
TRABAJO SIN PAGA
En la ruta hay que buscarse la vida. Se puede sufrir por días enteros la agonía del hambre y el agotamiento físico de un viaje que parece jamás llegará a su fin. Muchos migrantes, luego de ser engañados por los polleros, de ser deportados por las autoridades mexicanas o sorprendidos por la Patrulla Fronteriza ya del otro lado, lo vuelven a intentar: de donde vienen sólo hay miseria. En el camino hacen lo que pueden para ganarse unos pesos, y hay quien ofrece trabajo a los migrantes decidido a no pagarles. Este abuso es más frecuente de lo que se supone. “A la Casa del Migrante de Tierra Blanca llegó un señor, nos dijo que si queríamos trabajar, nos ofreció 60 pesos diarios. Quería que le ayudáramos a alimentar a sus animales. Fuimos a trabajar al otro día, pasaron las horas y no nos daba de comer, luego trajo pan duro y sardinas. Seguimos trabajando, cargamos bultos de maíz, muchos bultos. Al final de la jornada yo le pregunté por nuestro pago, por los 60 pesos que nos habíamos ganado. Nos dijo que mejor nos largáramos, diciéndonos que si no nos íbamos iba a echarnos a los de Migración”.
“Yo trabajé en un lugar delante de Saltillo, no recuerdo el nombre de ese pueblo. Soy albañil, me dijeron que me iban a dar el almuerzo y sólo me lo dieron dos días. Trabajé siete días de día y dos de noche en la obra de una casa pegando pisos. Cuando pregunté por mi pago el patrón me dijo que no había trabajado lo suficiente y me dio cualquier cosa. ‘Cuídate de hacer cualquier chingadera porque te echo a los de Migración’, me advirtió luego”.
LA AMENAZA DEL SECUESTRO
La mayor amenaza para los migrantes es el secuestro a manos de Los Zetas, o de quienes dicen serlo: hombres armados dispuestos a todo. La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) confirma la recurrencia de este delito. Hay registrados por lo menos 10 mil casos de secuestro perpetrados contra migrantes en los primeros seis meses de este año.
Varias organizaciones de derechos humanos presentaron un informe a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre la operación de las bandas secuestradoras. Primero controlan las pequeñas poblaciones de la ruta por Tabasco, Veracruz, Oaxaca y Tamaulipas, mediante la extorsión a los pobladores. Luego se recluta a quienes pertenecían a grupos delictivos locales como pandilleros. Después viene el secuestro de los inmigrantes: su cautiverio se prolonga hasta que sus parientes pagan por su rescate en depósitos bancarios vía electrónica. Cuando no pagan son asesinados, como ocurrió en el rancho de Tamaulipas.
Víctor Ronquillo

lunes, 30 de agosto de 2010

La Barbie


El búho americano

George W. Grayson

2010-03-28 | Milenio Semanal

La Barbie Foto: Especial

Igual que un gato con nueve vidas, Edgar Valdez Villareal, La Barbie, ha logrado mantenerse vivo durante la caótica violencia reciente. ¿Será capaz de conservar su buena suerte en vista de las múltiples fuerzas que quisieran verlo tres metros bajo tierra? Texano de nacimiento, La Barbie adquirió ese sobrenombre por su estatura, su apuesta complexión y los ojos azules que le dan la apariencia de Ken, compañero de la muñeca Barbie. El nativo de Laredo de 40 años de edad fue estrella del futbol americano cuando estaba en high school. El momento crucial de su vida se dio el 29 de mayo de 1992, cuando fue acusado por homicidio negligente. La policía señaló que manejaba a alta velocidad en sentido contrario cuando su camioneta pick-up chocó contra un automóvil que conducía un consejero escolar y éste falleció.
Valdez Villareal empezó a robar autos antes de ocupar la tercera jerarquía como traficante de drogas. Llamó la atención de Arturo Beltrán Leyva, entonces aliado del cártel de Sinaloa de El Chapo Guzmán. Trabajó desde Monterrey enviando drogas en los 10 mil camiones comerciales que cruzaban diariamente hacia Estados Unidos vía Nuevo Laredo. “Su carisma, personalidad y la manera en que se conducía fueron probablemente los atributos que lo dejaron bien parado ante los líderes de los cárteles”, declaró Wendell Campbell, de la DEA, al San Antonio Express-News. El diario también señaló que La Barbie, un aficionado a las mujeres rubias de grandes senos y a las bandas que exaltan sus virtudes en los narcocorridos, también se congració con los jefes al organizar la fuerza de choqueLos Negros para proteger al Chapo.
Tras el arresto del jefe del cártel del Golfo, Osiel Cárdenas Guillén, los Beltrán Leyva se apoderaron —con La Barbie como sanguinario jefe de sicarios—, del territorio dominado por el cártel en Tamaulipas y Nuevo León. Esta maniobra desató un intenso conflicto de violencia con Los Zetas, que presumiblemente asesinaron al hermano y mejor amigo de La Barbie, Armando Valdez Villareal.
Cuando El Chapo y los Beltrán rompieron relaciones, Valdez Villareal tomó partido por Arturo, su jefe y mentor de muchos años. En su calidad de ejecutor, La Barbie se convirtió en virtual gemelo siamés del llamado Jefe de jefes. Los celos hirvieron entre Valdez y otro de los protegidos de Arturo, Sergio El Grande Villareal Barragán, un notable asesino que, igual que La Barbie, cuenta con su propio cuadro de duros y rudos pistoleros.
Los observadores no se explican por qué La Barbie no estaba al lado de Arturo cuando los marinos de la Naval atacaron y mataron al jefe de los Beltrán en su búnker de Cuernavaca el pasado 16 de diciembre. El Grande tampoco estuvo en acción en aquel momento.
Para Los Zetas, que han consolidado alianzas estratégicas con los Beltrán, no habría nada mejor que darle el golpe de gracia a La Barbie. Valdez Villareal, denigrado por el cártel de Golfo, podría intentar recuperar sus buenos oficios con el cártel de Sinaloa, pero difícilmente El Chapo perdonará a los estadunidenses por traicionarlo al apoyar a Arturo, a menos que La Barbie le entregara la cabeza del colíder de Los Zetas, Miguel El 40 Treviño Morales en una bandeja de plata. Antes de eso, probablemente estaremos leyendo el obituario de Valdez Villareal.
Contacto 757 221 3031

Traducción: Jeanette Becerra Acosta